viernes, 6 de noviembre de 2020

SEMANA 7: 09 AL 13 DE NOVIEMBRE

 SEMANA 7: 09 AL 13 DE NOVIEMBRE

TALLER PRE-BIMESTRAL. 


1.    “Sólo lo que está conectado con la voluntad meramente como fundamento, lo que significa la exclusión de las inclinaciones en la elección moral, puede ser un objeto del respeto”. Esta expresión la podemos entender de la siguiente manera.

 

a)    solo son válidas, moralmente hablando, aquellas acciones que tienen como fin la práctica de la virtud y la eudaimonía. 

b)    solo son válidas, moralmente hablando, aquellas acciones que están guiadas por los deseos y tienen como fin último la felicidad.

c)    solo son válidas, moralmente hablando, aquellas acciones que nos alejan de la hipocresía moral.

d)    solo son válidas, moralmente hablando, aquellas acciones que están guiadas por el querer, y al mismo tiempo están libres de algún tipo de inclinación.

 

2.    La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento, sin la guía de otro. De acuerdo a esta afirmación podemos decir que:

 

a)    la ilustración es el proceso por medio del cual un hombre se va haciendo autónomo; es decir, que es capaz de tomar decisiones por sí mismo. Esto es el principio de la ética secular.

b)    la ilustración en un proceso religioso, vinculado a la ética cristina, pues es de aquí de donde surgen los principales criterios éticos en la ética secular.

c)    la ilustración busca hacer del hombre un ser inmoral (antiético), pues le enseña a revelarse contra todos aquellos principios que son fundamentales para la humanidad.

d)    la ilustración no tiene principios claros, por lo cual no tiene nada que ver con la ética secular. A la ilustración no le preocupa el hombre porque éste ya fue salvado por Dios.

3.    “una acción hecha por deber (eine Handlung aus Pflicht) tiene su valor moral no en el propósito que vaya a ser alcanzado, sino en la máxima según la que ha sido decidida; no depende, así pues, de la realidad del objeto de la acción, sino meramente del principio del querer según el cual ha sucedido la acción sin tener en cuenta objeto alguno de la facultad de desear”. De acuerdo a este texto sobre la visión ética kantiana, podemos decir que:

 

a)    las acciones hechas por deber están libres de inclinaciones o pasiones; es decir, no parten de los sentimientos sino de un principio formal: el deber.

b)    las acciones hechas por deber muchas veces resultan insuficiente en la búsqueda de la felicidad y por eso Kant duda de su efectividad.

c)    la moral kantiana puede resultar en auto-engaños racionales, porque el deontologo no analiza las consecuencias, sólo actúa por deber.

d)    la moral kantiana es egoísta al no considerar la búsqueda personal de la felicidad que cada ser humano emprende en su vida.

 

4.    “Si una sociedad justa requiere un intenso sentimiento comunitario, tendrá que encontrar una forma de cultivar en los ciudadanos una preocupación por el conjunto, una dedicación al bien común”. Con esta afirmación Sandel está aceptando que:

 

a)    el bien común es una preocupación menor, pues los ciudadanos en algún momento lo desecharán.

b)    el bien común es una preocupación ética fundamental, pues supone que la justicia tiene que ver con el bienestar del otro y no sólo del propio.

c)    que el bien común es una preocupación superflua, pues la comunidad tarde que temprano termina imponiendo sus valores, por lo tanto nos es necesario inculcarlo.

d)    que el bien común es una preocupación fundamental, pues aunque no abarca el plano ético, sino está arraigado en el seno de la comunidad como valor fundamental.

 

5.    “Ya la vida humana no es la única que hay que preservar, aparece un nuevo Ethos vital que debe pensar no sólo el destino presente, sino la solidaridad con todas las formas en que se manifiesta la vida y con las generaciones por venir a las que hay que legarles un mundo que puedan habitar y compartir”. Esta definición corresponde a:

 

a)    la deontología, porque expresa los deberes que tenemos los seres humanos con otros seres.

b)    la bioética, porque aunque esta no trata sobre todas las formas de vida, si expone principios como la solidaridad.

c)    la ética de mínimos, porque expresa las condiciones mínimas de trato entre las diferentes formas de vida.

la bioética, porque esta es la rama de ética que toma en consideración todas las formas de vida y los modos en que ésta se expresa (cultural, social y somáticamente). 


LA HIPÓTESIS REPRESIVA

1. La incitación a los discursos

Siglo XVII: sería el comienzo de una edad de represión, propia de las sociedades llamadas burguesas, y de la que quizá todavía no estaríamos completamente liberados. A partir de ese momento, nombrar el sexo se habría tornado más difícil y costoso. Como si para dominarlo en lo real hubiese sido necesario primero reducirlo en el campo del lenguaje, controlar su libre circulación en el discurso, expulsarlo de lo que se dice y apagar las palabras que lo hacen presente con demasiado vigor. Y aparentemente esas mismas prohibiciones tendrían miedo de nombrarlo. Sin tener siquiera que decirlo, el pudor moderno obtendría que no se lo mencione merced al solo juego de prohibiciones que se remiten las unas a las otras: mutismos que imponen el silencio a fuerza de callarse. Censura. Pero considerando esos últimos tres siglos en sus continuas trasformaciones, las cosas aparecen muy diferentes: una verdadera explosión discursiva en torno y a propósito del sexo. Entendámonos. Es bien posible que haya habido una depuración —y rigurosísima— del vocabulario autorizado. Es posible que se haya codificado toda una retórica de la alusión y de la metáfora. Fuera de duda, nuevas reglas de decencia filtraron las palabras: policía de los enunciados. Control, también, de las enunciaciones: se ha definido de manera mucho más estricta dónde y cuándo no era posible hablar del sexo; en qué situación, entre qué locutores, y en el interior de cuáles relaciones sociales; así se han establecido regiones, si no de absoluto silencio, al menos de tacto y discreción: entre padres y niños, por ejemplo, o educadores y alumnos, patrones y sirvientes. Allí hubo, es casi seguro, toda una economía restrictiva, que se integra en esa política de la lengua y el habla —por una parte espontánea, por otra concertada— que acompañó las redistribuciones sociales de la edad clásica. En desquite, al nivel de los discursos y sus dominios, el fenómeno es casi inverso. Los discursos sobre el sexo —discursos específicos, diferentes a la vez por su forma y su objeto— no han cesado de proliferar: una fermentación discursiva que se aceleró desde el siglo XVIII. No pienso tanto en la multiplicación probable de discursos "ilícitos", discursos de infracción que, con crudeza, nombran el sexo a manera de insulto o irrisión a los nuevos pudores; lo estricto de las reglas de buenas maneras verosímilmente condujo, como contraefecto, a una valoración e intensificación del habla indecente. Pero lo esencial es la multiplicación de discursos sobre el sexo en el campo de ejercicio del poder mismo: incitaciçon institucional a hablar del sexo, y cada vez más; obstinación de las instancias del poder en oír hablar del sexo y en hacerlo hablar acerca del modo de la articulación explícita y el detalle infinitamente acumulado. 

Sea la evolución de la pastoral católica y del sacramento de penitencia después del concilio de Trento. Poco a poco se vela la desnudez de las preguntas que formulaban los manuales de confesión de la Edad Media y buen número de las que aún tenían curso en el siglo XVII. Se evita entrar en esos pormenores que algunos, como Sánchez o Tamburini, creyeron mucho tiempo indispensables para que la confesión fuera completa: posición respectiva de los amantes, actitudes, gestos, caricias, momento exacto del placer: todo un puntilloso recorrido del acto sexual en su operación misma. La discreción es recomendada con más y más insistencia. En lo relativo a los pecados contra la pureza es necesaria la mayor reserva: "Esta materia se asemeja a la pez, que de cualquier modo que se la manipule y aunque sólo sea para arrojarla lejos, sin embargo mancha y ensucia siempre." Y más tarde Alfonso de Liguori prescribirá que conviene comenzar —sin perjuicio de reducirse a ello, sobre todo con los niños— con preguntas "indirectas y algo vagas".

Pero la lengua puede pulirse. La extensión de la confesión, y de la confesión de la carne, no deja de crecer. Porque la Contrarreforma se dedica en todos los países católicos a acelerar el ritmo de la confesión anual. Porque intenta imponer reglas meticulosas de examen de sí mismo. Pero sobre todo porque otorga cada vez más importancia en la penitencia —a expensas, quizá, de algunos otros pecados— a todas las insinuaciones de la carne: pensamientos, deseos, imaginaciones voluptuosas, delectaciones, movimientos conjuntos del alma y del cuerpo, todo ello debe entrar en adelante, y en detalle, en el juego de la confesión y de la dirección. Según la nueva pastoral, el sexo ya no debe ser nombrado sin prudencia; pero sus aspectos, correlaciones y efectos tienen que ser seguidos hasta en sus más finas ramificaciones: una sombra en una ensoñación, una imagen expulsada demasiado lentamente, una mal conjurada complicidad entre la mecánica del cuerpo y la complacencia del espíritu: todo debe ser dicho. Una evolución doble tiende a convertir la carne en raíz de todos los pecados y trasladar el momento más importante desde el acto mismo hacia la turbación, tan difícil de percibir y formular, del deseo; pues es un mal que afecta al hombre entero, y en las formas más secretas: "Examinad pues, diligentemente, todas las facultades de vuestra alma, la memoria, el entendimiento, la voluntad. Examinad también con exactitud todos vuestros sentidos... Examinad aún todos vuestros pensamientos, todas vuestras palabras y todas vuestras acciones. Incluso examinad hasta vuestros sueños, para saber si despiertos no les habéis dado vuestro consentimiento... Por último, no estiméis que en esta materia tan cosquillosa y peligrosa pueda haber algo insignificante o ligero." Un discurso obligado y atento debe, pues, seguir en todos sus desvíos la línea de unión del cuerpo y el alma: bajo la superficie de los pecados, saca a la luz la nervadura ininterrumpida de la carne. Bajo el manto de un lenguaje depurado de manera que el sexo ya no pueda ser nombrado directamente, ese mismo sexo es tomado a su cargo (y acosado) por un discurso que pretende no dejarle ni oscuridad ni respiro. Es quizá entonces cuando se impone por primera vez, en la forma de una coacción general, esa conminación tan propia del occidente moderno.

Foucault, M. (2011)

Historia de la sexualidad: 1. la voluntad de saber [fragmento]

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